En menos de una semana me han regalado tres plantas, tres. Es decir, ha habido tres personas distintas que en un momento determinado se han parado a pensar en mi y han querido obsequiarme regalándome vida.

Y diréis, ¿a qué viene esta loca a contar esto aquí?.

Y es que siempre he sido una persona algo pesimista, pero desde hace un tiempo noto que esa sensación me ahoga. Siento que mi paciencia esta al límite y que de cualquier cosa que ocurra, no puedo evitar pensar de forma negativa.

También llevo bastante tiempo notando que no vivo las cosas de la misma forma. Antes era muy fácil que se me pusiera la piel de gallina o que llorase, tanto por cosas positivas como por cosas que no lo son tanto, pero desde hace un tiempo es distinto. Me resulta muy fácil sentir las cosas tristes, pero las que son alegres y antes me hacían disfrutar y hacerme sentir completa, pasan desapercibidas…

Fijarme en las cosas buenas.

No sé si esto será algo normal y pasajero, consecuencia de todo lo que ha pasado, o se quedará en mí para siempre, pero no me gusta. No me gusta ser ni sentirme así. Es por ello que intento llevarle la contraria a lo que me pide el cuerpo, y batallar con mi cabeza para cuando me viene un pensamiento negativo bloquearle con uno alegre. Pero me cuesta, me cuesta muchísimo hacerlo y me cuesta mucho encontrar pensamientos alegres.

Poniendo en práctica la teoría y volviendo al principio de esta entrada, pensar en que alguien se ha parado un segundo a tenerme en mente y además ha querido regalarme una planta, me hace inmensamente feliz.

Me gustan mucho las plantas, me recuerdan tanto a la abuela y a mamá… Y aunque esto suene un poco tontería me hacen sentirlas cerca.

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