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Trabajadora Social en un hospital

El otro día, después de que un cliente me contará que tenía a su hermano en el hospital con un tumor en el esófago, me quede pensando y recordando los meses que estuve como trabajadora social en el hospital. Por si no lo había contado antes hice las prácticas de la carrera en un hospital. Aprovechando que ahora tengo blog y para que quede guardado para el recuerdo, las siguientes entradas serán sobre mi experiencia como “trabajadora social” en un hospital.

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¿Soy yo la culpable de que mi madre beba?

¿Soy yo la culpable?

 

Uno de los comportamiento más comunes en niños cuya madre o padre tiene algún tipo de enfermedad, es el llegar a plantearse en algún momento la posibilidad de que ellos mismos pudieran ser los culpables de ella o de todo lo que origina. Lo de afirmar que es uno de los comportamiento más comunes no es que me lo haya sacado de la manga o que este generalizando un comportamiento que tenía yo, sino que me hablo de ello María, mi psicóloga.

Como ya he dicho en el párrafo anterior yo también pase ese “momento”. En mis diarios hay varias entradas en que llego incluso a reflexionar acerca de todas las cosas que yo podía estar haciendo mal para que mi madre bebiese y para ocurriese todo lo que ocurría en casa. Me culpaba de haber nacido, de algunas veces ser mala hija, e incluso también de salir con mis amigos y no estar en casa con ella para que no bebiese.

Releyendo lo que escribía, recuerdo que era bastante desconcertante sentirme culpable de una situación que no me gustaba y de la que casi siempre yo salía perdiendo.

En mi caso, al menos, esta sensación también era alimentada, y quizá también fue originada, por mi madre. Cuando bebía, e incluso cuando lo hace ahora, hay veces en que me culpa de que ella haga lo que hace y de que las cosas no la vayan bien. Supongo que este es un mecanismo de autodefensa que se tiene en esta enfermedad para no responsabilizarse de ella y para no asumir el que se es una persona alcohólica.

Con el tiempo, y en mi caso con ayuda, aprendí que yo no era culpable de nada de lo que le ocurría a mi madre ni de lo que ocurría en casa.
Buscar culpables en enfermedades como esta es absurdo. Como hija de una alcohólica podría no ser objetiva y culpar a mi madre de que necesite el alcohol para vivir, o de que prefiera una cerveza a un plato de lentejas, pero y aunque algunas veces lo sienta,es muy difícil mantenerse siempre en una posición objetiva cuando la situación te afecta de manera directa. En verdad tampoco ella es culpable, quizá si sea culpable de no sacar la suficiente fuerza para luchar contra la enfermedad, pero lo que creo que esta claro es que no es culpable de padecerla.

Releyendo lo que estoy escribiendo pienso en que quizá se necesite buscar culpables para poder seguir hacia adelante. Creo que nos es muy difícil asumir que hay cosas que no tienen una clara explicación y la incertidumbre en que nos sumergen hace que nos sea necesario señalar a alguien o algo para poder entenderlo y vivir con ello.

Cuando decidí pedir ayuda psicológica

Cuando tenía aproximadamente 18 años mi vida pareció hacer “boom”, quizá exagere pero creerme que para mi fue así. Todo en lo que creía, todo lo que había construido durante años pareció romperse en mil pedacitos en un abrir y cerrar de ojos. Fueron momentos extraños, sentía que no encajaba en ningún lugar y me sentía juzgada por todas partes. Recuerdo que sentía mucha rabia, de repente todo el mundo parecía sentirse con libertad absoluta para opinar sobre temas que conocían y que hasta entonces nunca habían nombrado. Supongo que en mi forma de vivir la situación también influyo la edad, tenía 18 años, y no sé puede pedir a alguien de 18 años que actué de manera adulta y no sienta que pierde la cabeza ante todo lo que ocurrió.

La verdad es que no recuerdo muy bien cuando tiempo me duro todos estos sentimientos pero si recuerdo cuando comencé a salir de ellos. Por iniciativa de un familiar acudí a Servicios Sociales buscando ayuda. Es verdad que en un primer momento no me hacía mucha gracia la idea pero me deje llevar, si yo misma no estaba consiguiendo sentirme mejor quizá alguien si me ayudase a conseguirlo.

Así es como conocí a la que ahora va a pasar a llamarse María. María es psicóloga especializada en terapia familiar que trabaja para la Comunidad de Madrid. El primer día que la conocí fue algo duro, hasta entonces me costaba muchísimo sinceramente con la gente, creo que solo lo había hecho con dos o tres personas, así que  imaginaos tener que hacerlo delante de una a la que no conoces de nada. Llegué, me senté y comenzamos a hablar. Si soy sincera creo que esos cuarenta y cinco minutos fueron unos de los más largos de toda mi vida. Esa primera sesión consistió en que ella preguntaba y yo respondía, no me sentía muy cómoda contándole como era mi vida a una completa desconocida.

Después de la primera sesión llego la segunda, y la tercera y luego la cuarta…, y al final acabe cogiendo confianza en ella. La verdad es que cada día que iba a verla salía totalmente destrozada, supongo que es lo que tiene remover en tu pasado y confesar tu presente pero poco a poco fui saliendo de allí sintiéndome mejor.

Estuve yendo a verla dos años, no fueron muy fáciles. Recuerdo que al año pensaba darme el alta pero mi vida tuvo otro enorme punto de inflexión, bueno se pueden decir que dos en muy poco tiempo, por lo que casi volvimos a empezar y estuve viéndola un año más. La verdad es que antes era anti psicólogos, creía que era una comedura de coco y que no servía para nada pero después de estar dos años acudiendo a uno puedo aseguraros que ir a verla ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Me ayudo a ver las cosas desde otra perspectiva y a enfrentarme a los problemas con mayor madurez.

El ultimo día que la vi me dijo que ojala no volviera a verme y sinceramente que así sea, pero si vuelvo a sentir que mi vida se desmorona y no me veo capaz de coger al toro por los cuernos sé que volvería a pedir ayuda. Creo que la ayuda de un tercero objetivo en situaciones así es más que recomendable para no acabar perdiendo la cabeza.

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