Creo que puedo afirmar, aunque no lo digo muy alto por si acaso, que mi madre ha pasado todas las navidades sin beber.

Quizá no os parezca un gran paso, total las navidades son apenas 15 días. Pero si os digo que no recordaba unas navidades sin alcohol seguro que me entendéis.

Para mi madre las navidades son unas fechas difíciles, muy difíciles. Nunca le han gustado y muchísimo menos desde que su madre falleció un 28 de diciembre. Estas fechas para ella siempre han sido la excusa perfecta para volver a beber. Podía llevar días, semanas o meses enteros sin hacerlo, que era adentrarnos en Navidad y ¡zas!, recaía.

Las cenas eran de todo menos tranquilas. Nos sentábamos a cenar o a comer porque a la pareja de mi madre le gustan mucho estas fechas, pero si hubiera sido por mi madre llevaríamos años sin celebrar nada.

Cuando la pareja de mi madre también bebía, las cenas eran insoportables. Los dos discutían constantemente y si no lo hacían entre ellos buscaban cualquier razón para hacerlo con los demás. Recuerdo unas navidades en que yo era bastante pequeña, imaginaos como tenia que serlo para que me hiciera gracia la situación, en que los dos estaban tan borrachos que no paraban de darle golpes a un tabique que teníamos en casa, diciendo que estaba torcido. Creo que recuerdo especialmente esas navidades porque en aquel momento aún no era consciente de la influencia que ejercía el alcohol en mi madre. En ese momento lo veía como algo divertido, mama se había emborrachado en Nochebuena porque es una cena especial en que no es raro que la gente beba. Pero no, no era algo normal. Y no, no sólo pasaba en esa cena.

No os imagináis lo que era cenar enfrente de ella y tener que verla esa cara que se le pone cuando bebe, y sentirte presionada, por las fechas, a no levantarte de la mesa pese al mal cuerpo que se me ponía al tener que ver esa situación. En aquellos momentos la presión social que ejerce la navidad en todos nosotros de estar en familia, de que todo tiene que parecer bueno, y las demás historias que nos venden, podía conmigo. Y pese a que nada más terminar de cenar pasaba a encerrarme en la habitación a escuchar música o ver una película, aguantaba toda la cena haciendo el papelón. Reconozco que también había algo de mí que quería pensar que mama se ponía muy triste en estas fechas porque no estaban mis abuelos, o porque no sé hablaba con nadie más de su familia, y que por eso volvía a beber. Pero no, al final era una excusa más como cualquier otra.

Pero bueno, estas navidades no han sido así.

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